12.

Cuando aún no sabía que era un árbol frutal
Primera Parte

Recuerdo como si fuera ayer, el olor de las manos ásperas que hundieron mis raíces en una tierra bien abonada; tenía varios meses de querer extender mis ramas y saludar al sol sin sentir la limitación de una especie de bolsa negra que circundaba mi existencia.
Aún recuerdo el sabor de la tierra fértil que me esperaba con ansías en el hoyo profundo y fresco que esas manos ásperas habían trazado con delicadeza y esperanza.
Tengo una memoria vaga de la mirada que me lanzaron los dos árboles que serían mis vecinos inmediatos; en su mirada había un tinte de ternura al sentir mi corazón latiendo tan fuerte por la vida; nunca supuse que serían mi soporte y alimento en tiempo de sequías.
Confieso que los primeros años no fueron como esperaba, era novato en la ciencia de filtrar luz con mis hojas al grado de convertirla en alimento, entendía poco o nada que la tierra tenía días mejores que otros y que algunos, me sentiría sediento.
Pasaron varios meses antes de que pudiera tener un panorama más completo de mi casa, mi tronco crecía a lo alto y a lo ancho; ahora podía contemplar con una mayor amplitud los volcanes a la lejanía. Las hormigas ya no se alimentaban de mis ramas tiernas y ahora más bien hacían pequeñas escoltas cuando yo dejaba caer una pequeña flor; ellas la cargaban y la llevaban hasta algún lugar que supongo que era su guarida.
Faltaban pocos meses para comenzar el tiempo de sequías cuando uno de los árboles
que estaba a mi lado me habló, sólo soltó algunas palabras al viento y fueron las siguientes:
"Pronto entenderás la importancia de tenernos los unos a los otros."


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